Dar ‘likes’, firmar peticiones, usar ‘hashtags’, compartir contenidos y, en general, apoyar causas desde la comodidad de nuestras casas pensando que con eso cambiamos el mundo es lo que se denomina activismo de sofá.
Seguramente este concepto ya había sido descrito antes por otras personas, pero yo lo conocí hace unos años a través de Zygmunt Bauman, quien, en el marco de sus ideas sobre la sociedad líquida, lo utilizó para referirse a la confusión entre pequeños gestos digitales y un compromiso real.
Este comportamiento podría explicarse de varias maneras. Tal vez los seres humanos somos perezosos por naturaleza y nuestra mente tiende a escoger siempre el camino más fácil, como plantea Daniel Kahneman. O quizá vivimos tan saturados de exigencias constantes que nuestra capacidad de actuar se ve disminuida, como sostiene Byung-Chul Han.
El caso es que durante mucho tiempo pensé que el activismo de sofá solo servía para calmar la conciencia y, además, para facilitarle al algoritmo que nos perfilara, manteniéndonos dentro de una burbuja de información en la que únicamente se nos muestra lo que nos gusta con la idea de que nos dediquemos a escrolear hasta el infinito.
Sin embargo, el asunto es más complejo. Noelia García-Estévez, profesora española de comunicación, sostiene que incluso las acciones con un bajo nivel de implicación pueden ayudar a dar visibilidad a causas sociales y contribuir a que entren en la conversación pública. Ella distingue entre ciberactivismo, entendido como el uso de internet para coordinar acciones colectivas con intención de transformación social, hacktivismo, que consiste en emplear conocimientos informáticos para apoyar causas sociales como ocurre, por ejemplo, cuando se filtran documentos que evidencian corrupción, y clicktivismo o activismo de sofá, que describen el apoyo simbólico a diferentes causas.
Tal vez los seres humanos somos perezosos por naturaleza y nuestra mente tiende a escoger siempre el camino más fácil. O quizá vivimos tan saturados de exigencias constantes que nuestra capacidad de actuar se ve disminuida
Todo esto demuestra, como suele ocurrir, que la realidad es más matizada de lo que solemos juzgar y que no resulta justo afirmar que todo activismo digital carece de valor. Aun así, desde mi punto de vista, el activismo de sofá sigue siendo poco efectivo. No es coherente publicar mensajes sobre el cuidado del planeta mientras gastamos un metro cúbico de agua para lavar un vaso, exigir información seria, y contrastada sin estar dispuestos a pagar por ella, o proclamarnos defensores de los animales compartiendo imágenes dramáticas, sin dedicar siquiera un minuto a ayudarlos de verdad.
Fuente: Eltiempo.com