1454328235_338408_1456912749_noticia_normal_recorte1Cuando, el pasado 15 de marzo, los servicios de seguridad congoleños irrumpieron por la fuerza en la sala en la que se estaba presentando Filimbi, a las afueras de Kinshasa, las autoridades de la RD Congo pretendían poner una sordina a ese movimiento juvenil, cuyo nombre significa en lingala “silbato”. En realidad, consiguieron ofrecerle un altavoz privilegiado para demostrar al mundo entero la validez de sus reivindicaciones sobre la intolerancia del Gobierno. Entre los detenidos, a los que los portavoces gubernamentales acusaban de “preparar la desestabilización” del país e incluso de tener vínculos con el terrorismo, había miembros de diversas organizaciones de la sociedad civil congoleña y también activistas burkineses y senegaleses de los colectivos Balai Citoyen y Y’en a Marre, respectivamente.

Aquel asalto policial, además de presentar en sociedad a Filimbi, ponía de manifiesto dos fenómenos novedosos. El primero era que los movimientos de contestación y crítica de diferentes países africanos estaban estrechando sus lazos, buscando conexiones y reforzándose entre sí. El segundo era que en el continente africano estaban naciendo movimientos sociales de nuevo cuño, colectivos que no atendían a las lógicas de las organizaciones de la sociedad civil convencionales y que llevaban en el ADN, además del activismo, el ciberactivismo. Lo que Manuel Castells lleva años llamando “movimientos sociales en red”. Una categoría en la que entra desde el “zapatismo” hasta los “indignados” y que califica a aquellos movimientos interconectados y que con la misma fluidez y naturalidad ocupan las calles y las redes. Filimbi y Lucha, dos colectivos nacidos en la República Democrática del Congo, son el mejor ejemplo de esta nueva corriente. El mejor, aunque no el único.

Franck Otete es uno de los miembros del colectivo Filimbi. Un médico que tuvo que abandonar el Kinshasa cuando las autoridades congoleñas se empeñaron en silenciarlo. Ahora vive en Bélgica y su explicación acerca del nacimiento de este fenómeno resulta absolutamente natural. Incluso en su discurso se mezclan las dos fórmulas de movilización: “La oposición política convencional en la RD Congo ha acabado comportándose de manera oportunista, ha fracasado en su misión de constituir objetivamente un poder de control que actúe a favor de los ciudadanos, en general, más allá de individuos concretos. Esa es la percepción que la población congolesa tiene y por eso ha retirado su confianza a la oposición política. Los congoleses sienten la necesidad de una fuerza viva, diferente a la oposición convencional, en la que depositar su confianza”. Y Otete, en relación con la dimensión digital de Filimbi, añade: “Cuando presentamos públicamente y el Estado nos reprimió, el ciberactivismo, que ya contemplábamos en nuestra estrategia, fue para nosotros una herramienta para continuar llegando a los jóvenes congoleses desde la distancia, incluida la diáspora”.

Los jóvenes llevan años saliendo a las calles de las ciudades del África subsahariana para exigir cambios, pero la alargada sombra de las malogradas Primaveras Árabes ha eclipsado mediáticamente ese proceso. Sin retroceder demasiado, durante 2011 y 2012 se vivieron manifestaciones prácticamente en las capitales de todos los países de la región desencadenadas, por ejemplo, por el aumento de los precios de los productos básicos o por el desempleo, pero también a favor de un sistema político más participativo. Ocurrió, por ejemplo, en Dakar, donde emergió el movimiento Y’en A Marre, y años después en Uagadugu, donde el colectivo Balai Citoyen se ganó la admiración de los jóvenes del continente, siendo la punta de lanza de las manifestaciones que acabaron con la huída de Blaise Compaoré, primero, y de la resistencia ciudadana al golpe de estado, después. Entorno a colectivos que han superado las organizaciones convencionales de la sociedad civil, los jóvenes africanos están conquistando la calle para pedir protagonismo, para reclamar democracias más horizontales, para clamar por el fin de sistemas corruptos y para exigir ser escuchados.

En paralelo, los movimientos de ciberactivistas hacían lo propio en la red. Colectivos de usuarios de las redes sociales organizaban dispositivos de vigilancia de los procesos electorales, montaban campañas contra la corrupción o denunciaban la represión de gobiernos que no respetaban derechos fundamentales. Y, sin embargo, la salsa con los dos ingredientes, los movimientos sociales y los ciberactivistas no terminaba de ligar.

En el punto de partida, los unos menospreciaban el entorno digital en países en los que un ordenador o una conexión a Internet era, hace unos años, un auténtico lujo y desconfiaban de unas herramientas que no dominaban y que veían más propias de las élites contra las que protestaban. Los otros, no tenían ni el número ni la capacidad de convocatoria. Igual que Roma no se construyó en un día, tampoco la confianza y la legitimidad. Es cierto que había puntos de encuentro entre los activistas de uno y otro lado, pero ni Y’en A Marre fue demasiado activo en Internet, en un primer momento, ni Balai Citoyen se apoyó decididamente en las redes para sus movilizaciones.

Sin embargo, en otros países se hizo evidente que las autoridades podían reprimir las manifestaciones sin demasiados miramientos. Pero que cuando aparecía un teléfono móvil y las imágenes se lanzaban a la red, la comunidad internacional podía sacar los colores a los líderes y aplacar, al menos en ocasiones, sus iras. Y mientras esos movimientos sociales se han ido acercando al ciberactivismo, el cambio determinante ha sido la aparición de movimientos que desde su nacimiento han encontrado el encaje perfecto de las dos almas: La de las manifestaciones en las calles y la de la ocupación de las redes.

Filimbi y Lucha son el mejor ejemplo ahora mismo de ese nuevo espíritu. “La oposición constituida en partidos políticos sufre los mismos problemas que todo el sistema. Forma parte de la misma disfunción que todo el sistema” señala Otete, que no puede evitar los símiles médicos que le son familiares para analizar la realidad congoleña: “El mal es tan profundo en nuestro país que afecta a todo el sistema. El diagnóstico es de necesidad de un cambio del sistema. No basta con cambiar a los individuos, sino que hace falta cambiar el paradigma de gestión de la res publica y la oposición está igualmente afectada por ese mal”.

Ambos movimientos han encontrado, de hecho, puntos de confluencia. Filimbi desde las calles de la capital del país, Kinshasa, y Lucha desde Goma, la ciudad principal de la turbulenta región de Kivu Norte, donde hacía años que actuaba.

A pesar de su paso por los calabozos de Goma, Micheline Mwendike, una joven militante del movimiento Lucha, recuerda con cierto idealismo la actividad del colectivo. “‘A la lucha’ era la frase con la que nos animábamos antes de las manifestaciones. Supongo que nos sonaba bien”, cuenta divertida la joven congolesa. Tanto les espoleaba un lema que les resultaba épico que se impuso a otras opciones en el momento de dar un nombre al colectivo. “Barajamos nombre en lenguas nacionales e incluso en francés, pero nos quedamos con Lucha porque nos animaba”, relata Mwendike. Lucha pasó a convertirse en el acrónimo de Lutte pour le Changement (Lucha por el cambio). Una de esas manifestaciones que se desarrollaba entre arengas de “a la lucha” con un curioso acento de francés naturalizado congoleño, terminó con los huesos de Micheline en una celda, eso fue tiempo atrás, en 2012. En 2015, tomó una difícil decisión. Llevaba años militando, haciendo política de una manera intuitiva y en precario. Quería formarse pero, sobre todo, saber cuál era la esencia de la política y se fue a estudiar a Italia, sin reducir ni un ápice su militancia.

Las redes sociales y las TIC, en general, son una herramienta fundamental para estos movimientos que se articulan combinando las diásporas y el exilio con las acciones sobre el terreno. Es curioso, pero a pesar de la distancia, Micheline Mwendike no ha perdido de vista el riesgo de su militancia y es consciente del control del entorno digital que ejercen las autoridades. Seguramente, por eso advierte a cualquiera que se acerque a ella. Lo hace por ejemplo en la descripción de su perfil de Skype que, como un cartel de precaución, reza: “Si eres mi amigo, respeta este mandamiento: sé siempre tú mismo. ¿Sabes que soy militante del movimiento Lucha?”. Esta joven de 31 años no pierde de vista a los que quedaron atrás y aprovecha cualquier ocasión para recordar a Fred y a Yves y a muchos otros militantes encarcelados. Fred Bauma e Yves Makwambala. Ambos fueron detenidos durante la presentación de Filimbi. Fred era uno de los miembros de Lucha presentes en el acto del 15 de marzo en Kinshasa. Yves había colaborado con el movimiento de la capital como diseñador gráfico. Ambos han protagonizado desde marzo una campaña sistemática en las redes con las etiquetas #FreeFred y #FreeYves.

En los últimos meses, los activistas se han abonado, muy a su pesar, a las etiquetas que empiezan con la exigencia de libertad, luego de las sucesivas detenciones de militantes y simpatizantes y de las reacciones del gobierno a las manifestaciones. #FreeFred, #FreeYves, #FreeLucha o #FreeFilimbi, han tomado el relevo de #Telema otra etiqueta más genérica que en enero de 2015 confederó la contestación congolesa contra las reformas constitucionales. Esas campañas han llevado las detenciones y con ellas toda la problemática del país y las reivindicaciones de los colectivos a los medios internacionales.

“Si la gente tiene buena información y la formación adecuada sobre acción no violenta, podrán converger en torno a una acción colectiva. Los problemas y los retos que se nos presentan son colectivos y los problemas son comunes”, señala el médico congoleño convertido en portavoz de Filimbi. “Nosotros hemos optado por la vía pacífica. Podríamos haber escogido otros caminos, pero venimos de un país en el que ha habido mucha violencia y hemos visto que cada levantamiento armado sólo ha empeorado las cosas. Y con este principio, la lucha es larga”, comenta Mwndike.

A pesar de las experiencias vividas, tanto los miembros de Filimbi como los de Lucha se muestran esperanzados y consideran que la situación no es irreversible, aunque saben que un proceso que pase por la toma de conciencia, es siempre un proceso lento. “Antes incluso del cambio de sistema, hay que confrontar ese sistema a las necesidades de la población y por eso la población se tiene que hacer consciente de cuáles son sus necesidades y sus derechos”, sentencia Otete. “Cuando la persona que gobierna se encuentra delante de una población que le dice ‘lo que has hecho no puedes volver a hacerlo, tienes que hacerlo según nuestros intereses’. Entonces comienza el cambio del sistema”, esa es la filosofía de Filimbi que su representante transmite.

Es en este proceso de toma de conciencia en el que las herramientas digitales se convierten en una herramienta poderosa para estos movimientos. “Durante mucho tiempo nos han impedido hablar, pero no han podido cerrar nuestras bocas. Los congoleses tenemos una historia de expresión”, advierte Mwendike. “El acceso a la información es una pieza clave de la democracia. Las TIC permiten un acceso diferente, independiente y más amplio a la información”, añade Otete. Este miembro de Filimbi reconoce que habían pensado en estas herramientas “como elementos de difusión de las ideas del movimiento, pero se han mostrado especialmente críticas para denunciar la represión”.

Así, para los movimientos sociales en red, la dimensión ciberactivista sirve para darse a conocer y trabajar la dimensión de información y concienciación, también para hacer frente a los obstáculos que plantean las autoridades y además para mantener el contacto entre los movimientos. “Filimbi y Lucha están en Congo, pero a dos mil kilómetros de distancia entre sí (entre Kinshasa y Goma), sin la posibilidad de comunicarnos con estas herramientas no habríamos podido estrechar las relaciones”, señala como ejemplo el miembro de Filimbi.

Siguiendo la estela de movimientos como Lucha o Filimbi y las evoluciones de Y’en a Marre o Balai Citoyen, otros colectivos van ganado fuerza en diferentes países africanos, de Chad a Congo Brazzaville, por ejemplo. Como dice Micheline Mwendike, “lo bonito de la Lucha es la capacidad para adaptarse y ser conscientes de que somos vulnerables”. Puede que Franck Otete tenga razón cuando dice que las autoridades congoleñas “siguen leyendo la situación actual bajo el prisma del pasado y van a sorprenderse”. Los movimientos sociales en red confían en que el resto de los dirigentes africanos tampoco sean capaces de actualizar sus “gafas” y se vean sobrepasados por una sociedad que ha cambiado.

Fuente: Elpais.com

Comparte, así nos ayudas...Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterEmail this to someonePrint this page

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *